Abuso sexual entre hombres: un fenómeno estigmatizado en América Latina

Las actitudes culturales machistas a menudo impiden que los niños y sus familias denuncien las agresiones sexuales a las autoridades. El próximo 19 de noviembre, se celebra el Día Mundial para la Prevención contra el Abuso Infantil.

Según cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS) al menos el 50% de la población de menos de 18 años ha sido víctima de violencia en el hogar, en su mayoría perpetrada por familiares o personas cercanas. Sin embargo, de este tipo de violencia, pocos estudios abordan el abuso sexual infantil entre hombres, es decir, aquellas agresiones perpetradas por hombres contra menores de edad varones. «En el contexto latinoamericano, un problema importante a resaltar son los pocos datos con los que se cuentan: los estudios que se han hecho hasta el momento se centran en el abuso hacia las niñas, pues hay una cierta animadversión hacia el sexo con personas del mismo sexo, un fenómeno poco conocido respecto del que existe un rechazo social bastante marcado, pues está asociado a los ideales culturales del machismo y la masculinidad hegemónica», indica Sergi Fàbregues, profesor de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).

Fàbregues, investigador del grupo GenTIC de la UOC, ha desarrollado —junto con el Instituto de Estudios en Educación-IESE de la Universidad del Norte de Colombia y el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses del país— el estudio Caracterización de la violencia contra niños, niñas y adolescentes en los departamentos de la región norte de Colombia: bases para la prevención, en donde se analizaron 680 casos de presunto abuso sexual de hombre a hombre, reportados a Medicina Legal entre los años 2017 y 2018 en la región Caribe del país.

«La investigación surge a partir del interés de analizar e interpretar los datos obtenidos en las denuncias de violencia sexual de hombre adulto a niño. Se trata de un estudio con un rigor científico, sociológico y metodológico que buscaba caracterizar estas presuntas prácticas entre el perpetrador con respecto a los niños en una sociedad en donde el machismo es marcado y los avances en el respeto a la diversidad aún son tabú», indica Elsa Lucía Escalante, investigadora principal del estudio y profesora y coordinadora de la maestría de Educación de la Universidad del Norte de Colombia.

Los casos investigados involucraron los relatos sobre los actos sexuales a los que los menores habían sido sometidos o que habían sido obligados a realizar, y describieron las características de las presuntas víctimas, los detalles de las agresiones y la relación entre los tipos de actos sexuales. «El tipo de agresiones que observamos tuvieron un fuerte componente de violencia física, una violencia que podría ser más marcada que la experimentada por niñas víctimas de abuso, tal y como indican otras investigaciones sobre el abuso de hombres a niños de sexo masculino», afirma el investigador de la UOC.

A partir de las denuncias, se pudo conocer que el promedio de edad de los menores presuntamente abusados es de entre ocho y nueve años. Los perpetradores tienden a ser personas del hogar o conocidas por la víctima o la familia, y un porcentaje mayor de los casos denunciados pertenece a municipios en los que las necesidades básicas están satisfechas. «Aunque como investigadores esperaríamos que estos abusos sucedieran en los municipios más pobres, nuestros datos indicaron que la mayoría de denuncias se produjeron en municipios en donde las necesidades básicas estaban más satisfechas. En parte, esto podría deberse a que en los municipios más pobres habría una menor tendencia a reportar los casos de abusos a las autoridades, de manera que el abuso no quedaría registrado», explica Fàbregues.

Por otro lado, también se pudo concluir que los tipos de abusos experimentados son amplios, los cuales podrían presentarse en ambas direcciones —del abusador al menor o viceversa, cuando se obligaba a la víctima—: abusos que traen como consecuencia lesiones e infecciones de transmisión sexual, ansiedad y depresión, estrés postraumático, desorden, tendencia al trastorno de hiperactividad, e internalización y externalización de problemas de conducta en los menores abusados. «La mayoría de estos casos se dan en la primera infancia, lo que genera que la principal afectación sea en el desarrollo del menor, pues es la etapa de primera socialización y puede originar confusión, sobre todo cuando el agresor es un familiar, ya que el menor no tiene la capacidad de distinguir lo bueno y lo malo de lo que sucede, y, si un familiar lo agrede, puede desarrollar la idea de que esa situación es normal, cuando evidentemente no lo es», añade Fàbregues.

«También se pudieron observar casos de agresiones que duran hasta cinco años, de agresores que para llegar a la violación estuvieron tocando y manipulando al menor. En los reportes encontramos casos de jóvenes que denunciaron incidentes incluso de su infancia; esto, desde el punto de vista emocional, es muy fuerte y genera una serie de trastornos en la salud mental de los menores, pues es un externo que durante mucho tiempo está invadiendo el cuerpo y la privacidad de los infantes», afirma Escalante.

Para los expertos, deben desarrollarse intervenciones para ayudar a las víctimas y para implementar acciones preventivas en las que se capacite a los padres y a los maestros para poder reconocer los síntomas y los factores de riesgo de los casos de abuso sexual. Asimismo, las escuelas y la comunidad deben proporcionar información adecuada sobre los derechos de los niños y la igualdad de género para ayudar a los menores a evitar las agresiones sexuales y denunciar cualquier incidente a las autoridades.